Según explica Ana Pampliega de Quiroga, psicóloga social y directora de la Escuela de Psicología Social fundada por Enrique Pichon- Rivière, la sucesión de las crisis conduce a un proceso de fragilización de las personas. “Todos proyectamos y tenemos expectativas sobre una forma de vida. Los hechos que ocurren y cómo son presentados -muchas veces de manera vociferante por los medios y las autoridades- nos dejan a merced de los acontecimientos. Eso atenta contra la posibilidad de hacer planes, de proyectar el futuro”.
Un factor desestructurante para la sociedad es la vuelta de monstruos que creía archivados para siempre. “Creíamos dejadas atrás las pandemias y las grandes crisis económicas en el nivel global. Creíamos dejadas atrás la desocupación, la inseguridad y otros males aquí. Y nada de eso sucedió -repasa Quiroga-. Freud pensó en un término que aplica a esto, él hablaba de lo siniestro, que es aquello que uno cree que ha dejado atrás y reaparece”.
Para la experta, los trastornos de ansiedad son dominantes en este momento aunque todavía no hay presencia fuerte de la depresión en la población, como sí la hubo entre fines de los ‘90 y principios del 2000, donde muchos habían sufrido pérdidas materiales importantes. “Pánico, stress, violencia e imposibilidad de sostener un vínculo son los emergentes de este momento para la sociedad”, enumera.
La pandemia de gripe A, a la que varios de los analistas consultados comparan con la peste apocalíptica, enfrenta a la sociedad con su fragilidad y su dependencia de un arsenal científico en el que confiaba ciegamente y que tal vez no tenga todas las soluciones disponibles en tiempo y forma. “Las noticias indican que habrá que esperar y que (el año próximo) puede que no haya suficientes medicamentos para todos, que sólo los tendrán los países centrales y que no llegarán a la Argentina la cantidad de dosis necesarias. Todos estos son mensajes muy fuertes y difíciles de asimilar”, apunta Ana Quiroga.

